Cómo muere la democracia

 

En América Latina nos hemos acostumbrado a golpes de estado, repúblicas bananeras, y dictaduras: desde que me acuerdo, ha habido una de esas en cada año de mi vida. El golpe más sonado fue el de 1973 en Chile, cuando tumbaron a Salvador Allende; las repúblicas bananeras eran los países (principalmente de Centroamérica) donde los norteamericanos imponían un gobierno que les permitiera saquear los recursos; Brasil tuvo dictadura durante muchos años, luego hubo en Chile y en Argentina, recientemente Hugo Chávez y después Nicolás Maduro se convirtieron en dictadores. Un país se salva de esta historia, México. Cierto que vivimos la dictadura del PRI, pero era mucho más benévola que la actual en Venezuela. Yo pensé que la cercanía con EEUU nos protegía, porque no les conviene un país vecino sumido en el caos, pero están ellos tan emproblemados que mi convicción se tambalea. Estados Unidos se presenta orgulloso ante el mundo como modelo absoluto, pero después de Trump van a tener que bajar de ínfulas, se están mostrando más como lo que son: un país dividido por raza, por ingreso, por religión, por partido político y por la 2ª Enmienda.

Hay la tentación de pensar que el cambio de democracia a dictadura es brusco, fruto de un golpe de estado como el de Pinochet; puede suceder así, pero no necesariamente. El ejemplo clásico es Hitler: llegó a Primer Ministro mediante elecciones, luego organizó el incendio de Reichstag, con ese pretexto pidió poderes extraordinarios y de ahí pasó a dictador. El cambio en Alemania fue gradual, como lo fue en Venezuela con Hugo Chávez: poco a poco se fue haciendo de más facultades, hasta que terminó un dictador completo. Nuestras Fuerzas Armadas han sido institucionales desde hace muchos años, lo que hace improbable un golpe de estado; pero de cualquier manera nuestra democracia, de por sí bastante inmadura, corre el riesgo de erosionarse y permitir que surja algún líder con tendencias autoritarias, ya sea candidato o presidente. El objetivo de este artículo es dar elementos para juzgar la salud de nuestra democracia.

Una democracia puede morir lentamente.

Es común igualar a democracia con celebrar elecciones, pero es incorrecto por incompleto La democracia se centra en tres principios:

  1. Elecciones universales y libres.
  2. División de los poderes: el poder está dividido en tres ramas, ejecutivo, legislativo y judicial, todas al mismo nivel, sin subordinación de una a otra.
  3. Chequeos y balances. Controles insertados en la ley para que ninguno de los poderes se convierta en dominante; controles para lograr la independencia efectiva de cada poder.

El modelo de este tipo de democracia es la Constitución de Estados Unidos; como cualquier documento humano es perfectible, pero los creadores se tomaron la molestia de insertar todas estas provisiones (bueno, casi todas: los negros no contaban) y lo hicieron tan bien que se han conservado así hasta el día de hoy. Además de la presión política que ejercieron los EEUU sobre los países latinoamericanos para que adoptaran sus leyes como modelo, esas leyes tienen un gran valor que merece ser estudiado y adaptado.

En estos principios democráticos están implícitos dos valores:

  1. Respeto a las reglas del juego por parte propia, y exigencia de que los demás las respeten.
  2. Respeto de cada participante a los demás ciudadanos, candidatos, al ejecutivo, al legislativo y al judicial.

Estos dos valores, de una manera clara, convierten a la democracia en asunto de todos: no se trata nada más de votar y dejar el juego de la democracia en manos de los políticos: se trata de vivir de acuerdo a las reglas del juego (= leyes, por si no fui claro), exigir a los demás el cumplimiento, y respetar a las autoridades colaborando con nuestra exigencia a que estén a la altura de su puesto.

Haciendo a un lado golpes de estado, la democracia se erosiona porque las fuerzas políticas y el pueblo en general no respetan y no siguen las reglas del juego. En vez de jugar limpio, juegan sucio, descalifican al adversario y empiezan a acumular poder, hasta que obtienen tanto poder que se convierten en dictadores. En México, si no contamos la dictadura del PRI, el último presidente con intenciones de dictador fue Carlos Salinas de Gortari, quien exploró a fines de su mandato la posibilidad de reelegirse, pero encontró mucha oposición y desistió de la idea. Pero México no está vacunado, vale la pena examinar lo que puede pasar.

El ejemplo más vergonzoso de pérdida de democracia fue el caso de Rusia en 1917. En Febrero la guarnición de marinos en Kronstadt se levantó contra el régimen, que estaba tan podrido por la guerra y las idioteces del Zar, que cayó sin luchar. Siguieron meses –el único período en su historia- que los rusos gozaron de total libertad: podían decir lo que quisieran, insultar a los diputados de la Duma, insultar al Gobierno Provisional, arengar, circular por las calles con los escritos de Marx o de quien fuera sin miedo a que la policía los encarcelara. Por su parte, las diversas facciones políticas aprovecharon esa libertad para pelearse: no había manera de que se pusieran de acuerdo en nada, tenían dos gobiernos (el de la Duma y el Gobierno Provisional), discutían y arengaban todo el día, nadie tenía un plan concreto de acción, no había ni siquiera líder de ninguna de las facciones, con excepción de los Bolcheviques. Lenin los dirigía con mano fuerte, y era inteligente como para saber cuándo agitar y cuándo atacar: vio una oportunidad en la debilidad patente de los dos gobiernos, se dio cuenta que los otros partidos eran buenos para hablar y  malos para actuar, y organizó un golpe de estado en Octubre en donde lo mismo que el zarista, el nuevo gobierno ni las manos metió y los Bolcheviques se hicieron del poder. Naturalmente se presenta en la leyenda como una “revolución”, que fue sucedida por la “dictadura del proletariado”, pero no fue revolución sino un simple golpe incruento, y no fue dictadura del proletariado, ni siquiera de los Bolcheviques, sino de Lenin primero y de Stalin después. En retrospectiva, fue la patética incapacidad de las fuerzas políticas rusas después de Kronstadt lo que generó las condiciones adecuadas para un golpe de estado ejecutado por un grupo minoritario, pero disciplinado y con un buen líder. En gran medida nuestros partidos políticos son unos buenos para nada, pero al menos publican leyes y autorizan el presupuesto federal, no estamos en las condiciones rusas de 1917. Pero el peligro de que nuestra débil democracia se vuelva más débil y surja un líder ambicioso y sin escrúpulos está ahí, vale la pena analizar las posibles señales.

En primer lugar, nuestra propia historia no nos ayuda: gobernados por siglos desde España, diez años de guerra de independencia, luego otros 50 de guerras civiles y pérdida territorial, México conoció la estabilidad hasta que estuvo Porfirio Díaz. El señor no se quiso retirar, y lo tumbaron por las armas; siguieron casi veinte años de guerra civil, y en 1929 empieza la dictadura del PRI, bastante lejos de una democracia pero con paz interna al fin. A partir de 2000 el país se ha embriagado de democracia procedural (tenemos elecciones bien celebradas y absurdamente costosas) sin que cambien en los políticos ni en nosotros las mañas y la manera de pensar acumulada desde tiempos inmemoriales. Siguen vigentes pobreza, desigualdad e ignorancia; ni el pueblo ni las autoridades respetan la ley; se teme y se desprecia a la autoridad; nuestros gobiernos han sido de malos para abajo; todos los partidos han demostrado enorme capacidad para malgobernar; no sabemos trabajar en equipo, y el que no transa no avanza. En estas circunstancias, esperar que el siguiente presidente nos resuelva nuestros problemas es un sueño de opio. Es como tener un saco lleno de monedas de peso, y un único centenario adentro; metemos la mano y cruzamos los dedos para que salga el centenario. Estas son las perspectivas de que un gobierno emanado de este pueblo que no avanza sin transar, sea digno de pasar a la historia.

Pero el hombre es un animal que actúa en manada, y el líder es el Presidente. Es válido en estas semanas evaluar a nuestros candidatos con algunos criterios generales que nos permitan imaginar su tendencias democráticas, o autoritarias, o soñadoras, o narcisistas. El libro How Democracies Die, de  S. Levitzky y D. Ziblatt, me sirvió de base para compilar esta prueba de tendencias autoritarias.

Los cinco indicadores de tendencias autocráticas.

  1. Rechazo o compromiso débil con las reglas democráticas del juego: rechazar la Constitución, disposición a violarla; sugerir reglas antidemocráticas (cancelar elecciones, violar o suspender o alterar la Constitución), prohibir algunas organizaciones, restringir derechos básicos civiles o políticos; sugerir medidas extraconstitucionales para el cambio (golpes de estado, insurrecciones, protestas masivas); intento de desligitimizar las elecciones o rehusar la aceptación del resultado.
  2. Negar legitimidad a los oponentes. Sin pruebas, realizar cualquiera de los siguientes: describirlos como subversivos u opuestos al orden constitucional; afirmar que son amenaza a la seguridad o al orden; describirlos como criminales; afirmar que son agentes al servicio de otro gobierno, descalificar de tajo a sus oponentes.
  3. Tolerar o animar la violencia. Tener ligas con grupos armados, paramilitares o violentos; animar (personalmente o a través de terceros) ataques físicos a sus oponentes; negarse a condenar sin ambigüedades la violencia, endosando así su uso; alabar o rehusarse a condenar actos de violencia política, aquí o en otras partes de mundo.
  4. Disposición a limitar libertades civiles de oponentes o de los medios. Apoyar leyes o políticas que restringen las libertades civiles; apoyar leyes que regulan la difamación (en forma que sean una mordaza a la libertad de prensa); amenazar con acciones legales o civiles contra rivales y sus partidos, la sociedad civil, organizaciones políticas; alabar medidas represivas de otros gobiernos.

Las cuatro anteriores son características “duras” de un autócrata en ciernes, que usualmente se cuidan de no usar abiertamente y aplicables de forma especial a quienes ya están en el poder. Para los que buscan el poder,

la prueba definitiva es qué tan demagogo es el candidato.

Aceptando que todo político tiene que ser también demagogo, hay que analizar la manera en que ejerce este arte negro: para todo, en ocasiones especiales, el día de la Independencia o todo el año, con respecto a todos los temas o nada más con los que no entiende. Mientras más demagogo sea un político, mayor el riesgo de autoritarismo, porque excesiva demagogia significa que o bien es muy listo, o bien no sabe nada y tapa la ignorancia con palabrería; a la larga, a uno y a otro tipo les queda el poder concentrado como la vía para satisfacer sus ambiciones o para cubrir su incapacidad.

  1. Demagogia en exceso.
    1. Abusar de un slogan con significado ambiguo (Arriba y Adelante, La Solución somos Todos, Solidaridad)
    2. Hablar siempre en el aire.
    3. Evitar todo debate técnico.
    4. Hacer promesas vagas.
    5. No ofrecer un plan de acción concreto para sus principales promesas.
  2. Promesas descabelladas o contradictorias.
    1. Prometer resolver lo que nadie ha podido resolver, porque es difícil, o muy viejo, con múltiples causas, como pobreza, educación, precio y producción de algún bien de consumo básico, corrupción, relaciones con EEUU, relaciones con otro país.
    2. Hacer promesas ofensivas y descabelladas, presumiblemente para congraciarse con algún grupo; por ejemplo, Trump y el muro.
    3. Conocimiento enciclopédico de los títulos de problemas nacionales, junto con una baja comprensión de esos problemas, sus orígenes, causas actuales y posibles soluciones.
  3. Recurrir constantemente a descalificaciones o autoalabanza, declararse parido por Christian Dior o al menos a ser punto y aparte dentro de la clase política.
  4. Enfrentar los grandes problemas con soluciones absurdas y populistas. Por ejemplo, la Educación Superior, declarando que cualquier joven que lo desee, va a ingresar a la universidad. Además de estúpida, esta medida manifiesta profundo desprecio por la autonomía y las normas universitarias.
  5. Evitar las matemáticas. Aclaro que no es deformación profesional por mi carrera, sino profunda convicción de que esta disciplina está en la base de casi todo. Por ejemplo, es bien sabido que propuesta que no está reflejada en el presupuesto es demagogia pura. Todo programa del gobierno pasa por el presupuesto: de dónde va a salir el dinero, en qué se va a ejercer, quién se lo va a robar. Cualquiera que haya manejado el presupuesto de su casa o empresa, sabe que entre cuentitas y cuentotas, se juntan cantidades enormes. El presupuesto es una cosa seria, merece respeto y un análisis profundo de a) cómo va a obtener dinero el gobierno, b) en qué se lo va a gastar, c) cómo va a impedir que se lo roben. Resumen: plan de gobierno sin números, es lo mismo que papel sanitario. Decir que “con los ahorros de tal partida nos va a alcanzar para A, B, C,…Z” es atole con el dedo. Que el candidato haga cuentas y después nos convence.
  6. Promesas de cambios trascendentales sin explicar la manera de cumplirlas.

Deliberadamente he evitado referencias directas a personajes mexicanos. La intención es que usted aplique su criterio, y juzgue por sí mismo a sus candidatos.