El circo de la democracia

Cuentan las crónicas que un día se acercó Pericles con su hijo, y le comunicó una noticia importante: “hijo, tú eres el hombre más poderoso de Grecia”. El muchacho no entendió lo que le quería decir el padre, y le preguntó cómo era posible eso. “Mira, es muy sencillo. La Confederación de Delos gobierna a toda Grecia. Atenas controla a la Confederación de Delos. Yo soy el jefe de los atenienses. Tu madre manda sobre mí. Tú haces lo que quieres con tu madre. Entonces, tú eres la persona con más poder en toda Grecia”.
Con estas palabras sabias resumió Pericles el sentido y la historia de la Democracia, empezando por el malentendido que nos enseñan en la escuela de que él inventó la democracia, y terminando con el malentendido en que nos quieren mantener los que usan la democracia en sus declaraciones, y la autocracia en todos sus otros actos.
Se enseña que Pericles fue el padre de la democracia; sin embargo, es una verdad a medias. Había nacido en una familia ilustre por ambos lados, sumamente rica, y con grandes conexiones entre las gentes del poder, que el padre Pericles, Xantipo, recibió de la familia de su esposa. De joven recibió estudió con el filósofo Anaxágoras, que le enseñó a hablar gravemente, a no perder la compostura en ninguna situación, a decir lo que tuviera que decir sin perder el estilo, como si cada una de sus palabras fuera a guardarse para toda la eternidad; en otras palabras, le enseñó la solemnidad que casi todos los políticos padecen desde entonces. Cuando llegó el momento de elegir un camino, se vio inmensamente rico y con la sed de riqueza saciada, pero con el gusano del poder consumiendo su alma. En esa época, cuando él tenía unos treinta años (460 antes de Cristo) había en Atenas dos grupos que luchaban por él, dos partidos políticos que a grandes rasgos eran el partido del pueblo (demócratas) y el partido de los ricos. Las grandes decisiones de Atenas se tomaban en una asamblea, que era convocada por el jefe del partido en el poder, y que si se movía inteligentemente, podía controlar la asamblea y convocarla cuando le conviniera. Pericles tenía entonces dos alternativas: los ricos o los pobres. Por su nacimiento, su riqueza y su educación, estaba mucho más cerca de los ricos, pero ese partido tenía un problema: ya estaba controlado por Cimón, otro ateniense también inmensamente rico. Entonces, por eliminación, Pericles se convirtió en demócrata y adoptó el único camino que lo podía llevar al poder.
Recién estrenadas sus convicciones democráticas, buscó una manera de debilitar a Cimón, y encontró un pretexto a la mano, la conducta de dudosa valentía que Cimón había adoptado en el conflicto que habían tenido hacía poco tiempo los Atenienses con los Macedonios, pueblo que habitaba las montañas al norte de Grecia. Pericles fue el principal acusador de Cimón, y ahí estrenó también su dotes de orador (uno de los grandes oradores que ha dado el mundo), pero no consiguió el castigo querido, el ostracismo, algo semejante a lo que sufren los políticos cuando se equivocaron de ganador en las elecciones presidenciales. Sin embargo, este pleito con Cimón le enseñó a Pericles que aunque fuera más rico que él, Cimón era un sujeto que podía ser llevado a los tribunales y enjuiciado, y por consiguiente, podría ser vencido.
De esa lección, Pericles aprendió también que hay muchas formas de atacar a un enemigo: una de ellas, probablemente la más efectiva en la política, es atacando a los amigos del enemigo. El Aerópago era un concilio que había estado controlado por el partido de los ricos desde hacía mucho tiempo, y que era la entidad más poderosa en Atenas; el que era líder del partido demócrata, Efialtes, le hizo el favor a Pericles, proponiendo a la Eclesia (asamblea general) una reducción de poderes para el Aerópago, y a partir de ahí, los demócratas dominaron la política en Atenas durante unos cuarenta años. No eran los demócratas queriendo imponer la democracia, tal como la entendemos ahora: era un partido político guiado por un hombre inteligente, que supo mover adecuadamente sus piezas para escalar el poder, apoyado por el partido demócrata. En Atenas ya había una especie de democracia, sin ese nombre, y en esa lucha política había dos partidos, y uno de ellos era el partido democrático. Pericles no inventó la democracia, aunque probablemente fue el descubridor del potencial que tiene un partido numeroso, como cualquier partido que convoque a sus filas a los que menos tienen. Pericles entendió bien las reglas del juego, supo aplicarlas a su conveniencia, y gobernó a Atenas, y por consiguiente a toda Grecia, durante más de treinta años.
En efecto, el partido democrático estuvo en el poder hasta el año 429 A.C., cuando murió Pericles, todavía siendo su líder. En sus treinta años de líder máximo, para envidia de Plutarco Elías Calles, controló al partido democrático, condenó al ostracismo a sus enemigos políticos, habló siempre con serenidad, y logró que aunque las cosas fueran mal a veces, la gente confiaba en Pericles. Fue un excelente orador, preparaba sus discursos con muchísimo ciudad, elegía sus palabras y hablaba grave, contenido, sin exaltarse. Lamentablemente no dejó escrito nada, y solamente sobreviven algunas de sus piezas de oratoria tal como las recordaron o como las recibieron historiadores como Tucídides.
Hay dos inventos que posiblemente puedan acreditarse a Pericles. Entendía que su poder radicaba en el apoyo que le daba el partido democrático, y por lo tanto, tenía que mantenerlos contentos. Era muy rico y no tenía la ambición de llegar al número 1 del Fortune 500, así que distribuía oportunamente parte de su riqueza entre los pobres, organizando fiestas bajo su costo, entregando despensas, y probablemente también playeras con su rostro y las siglas de su partido; desgraciadamente esas playeras no sobrevivieron, quizá por la mala calidad de la tela usada por los contratistas. Pero sobrevivió el ejemplo, el descubrimiento del populismo, practicado hasta nuestros días en nuestro país. El otro invento es algo que deberían ignorar los políticos, porque les daría todavía más ideas. Las ciudades de la Confederación de Delos, para apoyarla, depositaban en Delos ciertas cantidades de dinero para el sostenimiento de la Confederación, que era básicamente una asociación para defenderse de sus enemigos. El primer paso fue declarar a Delos lugar inadecuado para guardar tanta riqueza, y llevarse el dinero a Atenas; las ciudades de la Confederación protestaron, pero terminaron por aceptar. El siguiente paso fue observar que ya Atenas estaba defendiendo al resto de las ciudades, encabezando guerras contra los reyes vecinos a la Confederación, y por lo tanto, el propósito de la Confederación estaba cumpliéndose; ahora bien, como era Atenas quien defendía a las demás ciudades, por lo tanto era Atenas a quien correspondía hacer uso de ese dinero. Con ese dinero Pericles embelleció a Atenas. Algunas de las obras de arte más famosas de la humanidad, como la Acrópolis, fueron hechas con dinero de la Confederación de Delos.
Parece ser que Pericles no siguió mi línea de argumentación, sino a posteriori; dicho de otra manera, yo confundo causa con efecto. Ya que estuvo embellecida Atenas, resultó que las otras ciudades tenían un doble agravio: habían utilizado el dinero de ellas, para embellecer otra ciudad. Acusaron a Pericles de malversación de fondos, pero fue algo así como cuando los diputados le revisan la cuenta pública a un gobernante y le hacen 1000 observaciones por una partida minúscula, pero se hacen de la vista gorda con las partidas realmente importantes. Pericles se puso a buscar una justificación para su faltante en caja, y encontró el bello argumento que expresé en el párrafo anterior.
La vida de Pericles, el padre de la democracia, nos enseña que la democracia es un niño que nació enfermo, ha vivido enfermo desde entonces, todavía no se convierte en adulto y es nada más la palabra de los políticos, los directamente beneficiarios de este juego de votaciones y elecciones, la única que dice creer en ella.
Formalmente hablando, México es un país democrático al 100%. Tenemos elecciones para todo, contamos con un aparato carísimo para validar las elecciones, y entre los cientos de elecciones que se disputan cada sexenio, hay muy pocas cuestionadas por el gran público. Lo mismo sucede en Estados Unidos, en Cuba, en Francia, en Alemania y en Rusia. Si veneramos a Pericles como el padre de la democracia, aunque se eternizó 30 años en el poder, es muy poco lo que podremos reclamar a Fidel Castro por querer superar esta marca. Cuentan otras crónicas que hasta la URSS era democrática, así que también podemos decir que México forma parte del concierto de las naciones más avanzadas del mundo, las que creen en el gobierno del pueblo y para el pueblo, y como tal, así viven.
Sin embargo, la democracia en México está fracasando, por la simple razón de que la gente no ejerce la democracia. Dentro de los cientos artículos que hay en leyes, reglamentos y transitorios vitalicios, el ciudadano recibe una única oportunidad de participar: al momento de ejercer su voto. El resto de la actividad política le sirve al ciudadano para hacer chistes y a los periodistas nos da material para escribir artículos, pero esto es más bien el ejercicio de la libertad, no de la democracia. Lo único que puede hacer Juan Pérez (sin referirme a ningún personaje), es votar cuando es convocado a elecciones, para decir ahí, con ese granito de arena, cuál de las montañas que se van formando con los votos es la que quiere mayor. Y este único momento, este alterar su rutina del domingo una vez cada seis años para votar por el presidente, es despreciado por la mitad de los ciudadanos. En mi opinión, esta es la muestra más grande de su fracaso, porque nos dice sencillamente que la mitad de los ciudadanos no cree en este circo al que llamamos democracia, y se niega a participar.
Los mexicanos tenemos la patente número 999,999’999,999 por la invención de la Dictadura Perfecta, concedida por la Oficina de Patentes en Kalininsberg hacia el año 1990. Alguien me comentó que en el 2009 una delegación de mexicanos visitó esa misma oficina, pretendiendo patentar el concepto de Partidocracia. Con tristeza fui informado que se rechazó la solicitud, por dos razones: 1) en este momento tenían un problema tecnológico en la Oficina de Patentes, ya que su sistema de cómputo aceptaba nada más números de doce dígitos, y la siguiente patente necesitaría trece. 2) Los Atenienses ya detentaban, desde tiempos inmemoriales, la propiedad de esa patente, la 000,000’000,002 (la número uno fue el populismo): ellos inventaron la partidocracia, precisamente en tiempos de Pericles. A pesar de estos conocidos fracasos, muchos mexicanos insisten en elevar al PRI, al PAN y al PRD al nivel de generadores de patentes, sin ignorar los pequeños méritos que como novias de un sexenio tienen los otros partidos políticos. Yo coincido con las gentes de Kalininsberg y pienso que ese mérito definitivamente no les toca a nuestros partidos políticos.
Líneas arriba dije que la democracia es un niño que nació lisiado, pero que siempre nos han pretendido pasar por sano, y a últimas fechas, inclusive nos quieren hacer creer que ya maduró. En el caso de México, yo pienso que eso no es cierto. Ese niño lisiado requiere de muchísimos cuidados, y como un enfermo crónico, la atención necesaria nos cuesta una fortuna. Hace unos 40 años, existía un consenso claro de que un personaje en el país ejercía el derecho al voto de todos los mexicanos; no era democracia, pero nos salía más barato. Después, poco a poco, personas que creyeron que México podía cambiar hicieron su lucha, se formaron nuevos partidos, los que no estaban en el poder empezaron a ganar elecciones, y el clímax de nuestra democracia sucedió el 2 de julio de 2000, cuando los mexicanos nos demostramos a nosotros mismos que era posible cortar 70 años al partido en el poder. El riesgo de que en esa votación se aplicaran los viejos métodos, se cayera el sistema o se les olvidara a las computadoras cómo sumar, era enorme: una gran cantidad de gente en el poder no estaba dispuesta a soltarlo. La palabra decisiva tuvo que venir del presidente, que anunció en vivo, por televisión, quién había sido el ganador. Irónicamente, la consagración de nuestra democracia fue posible porque el presidente Zedillo, informado del resultado y entendiendo lo que estaba en juego, habló: nos tuvo que decir a los mexicanos el hombre más poderoso en el momento, el presidente, quién había ganado.
Después, evolucionaron las cosas y aumentaron los gastos, y ahora la democracia nos cuesta algo así como varios miles de millones de pesos al año, cantidad que estaría mejor empleada en construir una presa más grande que juntara el agua que inunda a veces Tabasco, y que muchos años nos falta. Pero así son las cosas, y los verdaderos detentadores del poder, los partidos políticos, encontraron una manera de sacarle ventaja a la aparente ofensiva del IFE. Aunque originalmente estaba planteado como un “organismo ciudadano”, consiguieron convertirlo en un club social en el que sesionan los partidos políticos, toman las decisiones, y luego nos informan a los ciudadanos. Con esto, controlan la bendición a las elecciones, es decir, nos informan a los ciudadanos que el juego democrático está en su apogeo.
El resultado actual es que los partidos políticos organizan sus campañas con dinero que ellos no ganaron, porque lo pagamos los contribuyentes, pero los partidos, que sabiamente conocen más placentero gastar el dinero que ganarlo, y siendo dueños del presupuesto, ellos deciden lo que va a financiar sus propios partidos. Con ese dinero se organizan las campañas políticas para que los candidatos intenten convencernos con actos estúpidos como grupos de jóvenes parados en las esquinas, agitando banderas y pidiendo permiso para pegar calcomanías en los coches. Con ese dinero se paga al IFE, y con ese dinero viven los que llegan al poder.
En este circo llamado democracia, ¿dónde quedó el pueblo? En el momento del voto, cuando queremos ejercerlo. La mitad no quiere, según estadísticas. Algunas de sus razones, las cabo de decir.
jlgs, El Heraldo de Ags., 17.9.2010

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