Metternich y la Restauración

(Este es el segundo de una serie de artículos sobre grandes diplomáticos)

1 Europa después de Napoleón

Los años de experiencia en la corte, sus diversas comisiones de embajador en los Países Bajos, en Francia y en otros países, el matrimonio que había contraído con mayor sabiduría que pasión, todas las relaciones que había hecho y los personajes que había conocido, pudo ponerlos Metternich al servicio del Imperio Austríaco, su patria, al fin de las guerras napoleónicas. Había nacido en cuna de oro, se casó con la hija de un Canciller, en Francia conoció a Napoleón y enamoró a su hermana Caroline Murat; de esta conquista y de muchas otras derivó placer para el cuerpo, satisfacción para el alma, elevación de su espíritu, relaciones e información. Más que James Bond y los personajes de Alejandro Dumas, Metternich supo convertir la alcoba en fuente de alianzas y de información; no era un playboy ni un vividor (tenía suficiente con la fortuna de su mujer), era conquistador nato, pero no era conquistador puro: enamoraba a las mujeres, pero sirviendo a Austria. Conocía a Lord Castelreagh, Primer Ministro inglés, al Zar Alejandro I, al rey de Prusia Federico Guillermo y a todos los que hacía falta convocar para poder celebrar una reunión de países victoriosos que tuviera la autoridad suficiente para definir los destinos de Europa sin Napoleón, y recuperar para Austria, la más maltratada entre las potencias, un lugar importante en la siguiente Europa. El Congreso de Viena de 1814-1815 fue la mayor obra de Metternich, que le valió a él un lugar en la Historia y a Europa un período de 60 años sin guerras entre las potencias.

Las potencias europeas tenían dos razones para reunirse: festejar la paz conquistada después de las guerras contra Napoleón, y decidir lo que iba a pasar con Europa después. Algo semejante a la reunión de Yalta en 1945 entre Churchill, Roosevelt y Stalin, cuando se reunieron para repartirse el mundo. Estaban obligados todos a asistir, porque se iban a tomar decisiones en las que querían participar. ¿Qué pasaría con Francia? ¿Cómo se repartirían a Polonia? ¿Quién iba a encabezar los reinos alemanes, Austria o Prusia? ¿Iban a sacrificar al Reino de Nápoles para convertirlo en dominio francés? Los países fuertes querían maniobrar para obtener al tajada más grande del pastel, y los países chicos querían saber en cuál tajada del pastel quedarían incluidos. Había el consenso absoluto de que ninguno quería otra guerra: llevaban 20 años de guerra continua, todos estaban agotados y hartos pelear; querían acuerdos basados en la paz. Europa vivió en 1814-815 una temporada de negociaciones en donde los que se reunieron pudieron pasar por alto que habían sido enemigos –al final, Francia fue incluida en los acuerdos- y llegar a un consenso de beneficio mutuo. Fue un antecedente que se repite ahora con la Unión Europea.

En 1814 por fin derrotaron a Napoleón y lo desterraron a la Isla de Elba. Todos sabían que tenían que tomar decisiones importantes, pero el cómo y el dónde no estaban en las mentes de todos, y menos aún, en el poder para definirlos. Dos diplomáticos de primer nivel podían competir por ese honor, pero uno estaba descalificado: Talleyrand, ministro del restaurado rey Borbón Luis XVIII, porque la potencia vencida no podía convocar a las vencedoras. Le quedó el camino libre al Primer Ministro austríaco Metternich, que conocía a todos los que tenían que estar, tenía el nivel y las maneras elegantes para hacerlo, y además, Viena estaba a medio camino entre los dos extremos, Londres y San Petersburgo. Ese detalle, la situación geográfica de Austria, en medio de Europa y con países fuertes por todos lados que podían ser sus enemigos, era la mayor debilidad de Austria en ese momento, pero Metternich advirtió una oportunidad en esa amenaza, y maniobró las cosas para convertirla en beneficio de su patria.

2 Acuerdos y desacuerdos entre las Potencias

El enemigo a vencer entonces era la República: como ideal abstracto, como movimiento social en donde el pueblo elige a sus gobernantes, eso era lo que los países reunidos en Viena querían eliminar. Todos los países reunidos ahí eran monarquías, algunas parlamentarias como Inglaterra y otras completamente autocráticas como Rusia, la mayoría más cercanas al ejemplo ruso. La Revolución Francesa, un levantamiento popular que derrocó a Luis XIV y lo mandó a la guillotina, tuvo tres consecuencias de corta duración, y una que duró muchos años. Empezó con la Declaración de los Derechos Humanos, una especie de Constitución Universal que tomó muchas de las ideas que Thomas Jefferson había escrito en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, que empezaba diciendo que todos los seres humanos somos iguales. Pero la Revolución desembocó al poco tiempo en el Reinado del Terror bajo Robespierre, que estableció otro principio de igualdad: cualquier ciudadano francés tenía el derecho a ser muerto bajo la guillotina. Después, el general Napoleón Bonaparte capitalizó el desorden en que estaba Francia para convertirse en Emperador de los Franceses, y luego, para tratar de convertirse en Señor del Mundo; se estrelló con el invierno ruso y terminó sus días prisionero en Santa Elena. Después de su caída, las demás potencias europeas restauraron a los Borbones en el trono de Francia, y subió al poder Luis XVIII. Por lo tanto, las mentes monárquicas reunidas en Viena analizaban un movimiento que se declaraba igualitario pero producía terror y producía tiranos, y al final las cosas volvían a ser como antes, dejando una estela de incontables muertos por toda Europa; lo único que podían hacer era aborrecer la Revolución, la República, la Democracia, todos los Presidentes del mundo y cualquier movimiento que empezara en cualquier país que proclamara libertad, igualdad o democracia. La situación de todas aquellas mentalidades monárquicas (y posiblemente muchas más), era semejante a la nuestra, que ha imaginado a la Democracia como la panacea de todos los problemas sociales, en teoría, y en la práctica tenemos lo que tenemos.

Pero ahí se terminaban los acuerdos, en todo lo demás había diferencias. En otras palabras, los países victoriosos estaban de acuerdo en atacar a un enemigo inexistente (no había ninguna república en Europa) y en desacuerdo con respecto a todos los países que sí existían. Es algo semejante a la convicción que tienen ahora el PAN y el PRD: hay que derrotar al PRI en las elecciones federales, pero cada quien lo quiere hacer a su manera. Probablemente, si nuestros políticos hubieran participado en el Congreso de Viena, habrían logrado su fracaso. Afortunadamente, tuvieron a Metternich para lograr la dificilísima tarea de conciliar intereses de Estado, antagonismos personales y susceptibilidades de los monarcas que asistieron (por ejemplo, el Gran Salón donde se reunían tenía cinco puertas principales por donde podían entrar simultáneamente los representantes de las 5 grandes potencias, para que nadie se sintiera relegado). Probablemente, ni Metternich podría hacer entrar en razón a nuestros políticos. Recuerdo una frase de mi maestro Efrén González Cuéllar en la preparatoria: “si Santa Anna viviera hoy, él controlaría la política mexicana”; es una de las condenas más fuertes que yo he escuchado de nuestra política.

El gran victimario de Napoleón fue el General Invierno, aliado eterno de Rusia cuando es atacada; los que clamaron el honor de la victoria fueron Inglaterra, Prusia, Austria, y naturalmente Rusia, aunque participaron algunos otros, como los pequeños reinos del norte de Italia, los principados alemanes, y España. Mientras más grande era el país, más quería: comparando superficies, Rusia pretendía anexarse Polonia, pero Inglaterra no quería ninguna posesión en el continente. En medio estaban Francia (que iba a renunciar con tristeza a sus conquistas bajo Napoleón), Prusia (que pretendía anexarse el mayor número posible de principados alemanes) y Austria (que quería un pedazo de Baviera, pero se contentó con algunos reinos del norte de Italia). Cuando Napoleón ya estaba en declive, el Zar Alejandro I se había acercado a Metternich para proponerle una alianza basada en los valores cristianos para definir cómo debían relacionarse las potencias, y más aún, cómo debían gobernarse internamente; hacía mucho que la religión ya no jugaba ningún papel definitivo en las decisiones de los gobiernos, pero lo decía el Zar ruso y había que prestarle atención. Metternich se dio a la tarea de convencer al Zar de que le estaba haciendo caso, pero sin hacerle caso. La solución fue definir la Santa Alianza entre Rusia, Prusia y Austria, para protegerse mutuamente, impulsar los valores cristianos, etc. En la práctica se convirtió en una especie de pacto moral que sirvió para evitar que se atacaran entre sí, y para defenderse de Inglaterra y Francia. Ahora Metternich tenía un problema con estos dos países, porque había hecho una alianza con Prusia y Rusia; otra vez, interviene el genio diplomático de Metternich: ¿ya tenemos una alianza contra Inglaterra y Francia? ¡Hagamos otra alianza, entre todos, para defendernos de Francia! Veinte años de guerras napoleónicas habían vacunado a toda Europa contra Francia, y la propuesta de Metternich funcionó: se hizo la Cuádruple Alianza entre Inglaterra, Austria, Prusia y Rusia. Con estas dos alianzas se logró para Europa, por primera vez en siglos, un período prolongado de paz.

3 El mayor evento social del siglo XIX

El Congreso de Viena fue realización de Metternich, tanto diplomática como socialmente. En la práctica, mezcló ambas partes. Los personajes que recibió en Viena llegaron con su séquito: traían familias, secretarios, ayudantes, amigos y amantes. Si existió alguna temporada social en Europa, fue la de este Congreso: cualquiera que se considerara alguientenía que estar ahí. Reyes, príncipes, toda la nobleza y las mujeres más bellas de Europa se reunieron en Viena. Metternich los mantuvo ocupados a todos con una sucesión interminable de bailes, fiestas, paseos por sus jardines, visitas a los lugares importantes de Viena, veladas, vino y placeres. Mozart y Haydn habían muerto hacía poco, pero Beethoven se presentó varias veces en los festejos, para que imaginemos lo que en música podía ofrecerse. Metternich ocupó su tiempo intrigando, amarrando unas navajas y desamarrando otras –uno de sus contemporáneos decía que para él mentir era tan natural como respirar-, hablando con personalidades, disfrutando a su amante la duquesa de Sagan, obteniendo información y creando soluciones a los problemas que surgían. Era imposible prever todos los detalles en una reunión así: Metternich tuvo que improvisar y convertir las amenazas recién surgidas en nuevas oportunidades, como la propuesta mística del Zar de crear una Santa Alianza. Tenía el encanto del gran hombre mundo, la figura y los modales que hicieron que Alejandro I dijera de él “Metternich es el mejor maestro de ceremonias del mundo, pero el peor de los ministros”; nada más tenía razón en lo primero. Ese ambiente de fiesta, posible en Viena por sus encantos y su música y reforzado por tantas bellezas que la visitaban, enervaba la mente de los estadistas –al menos, de los que no llevaban esposa- y Metternich conseguía de alguna manera que cierta dama se acercara al Zar para distraerlo de ciertas preocupaciones o convencía a su antigua amante Carolina Murat de que tenía que dejar el trono de Nápoles. El aliado más fuerte de Metternich, el otro que pudo conservar la cabeza serena todo el Congreso, fue el Primer Ministro inglés, Lord Castelreagh, probablemente porque su esposa lo acompañó.

La Restauración de los poderes monárquicos, al final, se basó en el acuerdo explícito de que a todos les convenía defender la monarquía contra la agitación republicana. Siempre hay espacio para una guerra, y en Viena las Potencias lo evitaron haciendo cuentas de que era preferible apoyarse mutuamente para defenderse de la agitación, que pensar siquiera en atacarse entre ellas. No se neutralizaron mutuamente por miedo, como la URSS y EEUU en la Guerra Fría; la paz se consiguió gracias a que Metternich las convenció de un acuerdo de mutuo respeto y apoyo contra la agitación. Cualquiera que haya tratado de mediar en un conflicto sabe lo difícil que es un trabajo así; este diplomático logró el milagro de que cinco potencias y decenas de principados negociaran y llegaran a un acuerdo perdurable, a pesar de sus diferencias y de que ninguno podría obtener todo lo que quería. En cuanto a logro de misiones diplomáticas imposibles, posiblemente Metternich se lleva el primer lugar en toda la Historia.

Deliberadamente se ha omitido en este lugar la otra cara de la historia: lo ideales republicanos iniciados en la Revolución Francesa, la lucha de personas de todas las clases sociales por lograr otro tipo de gobiernos, y la vida que vivían las clases no privilegiadas. Tampoco se hace un juicio sobre la calidad moral de los métodos empleados por Metternich para lograr consenso en el Congreso, o para mantener la forma de gobierno monárquica en Austria. Eso es material para otros artículos.

jlgs/13.4.2011


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