Los demonios colectivos

 

Después de una guerra, se asignan los monopolios:
para el vencedor, botín y derecho a escribir la historia;
para el perdedor, culpa y reparaciones.

En 1917 Rusia estaba en guerra contra Alemana y Austria, a principios de ese año el gobierno zarista había sido derrocado dejando su lugar a una república que no llegó a consolidarse; el nuevo gobierno decidió continuar la guerra heredada del zar y Alemania consideró adecuado ayudar a Lenin a cruzar de contrabando la línea del frente de combate para que llegar a Rusia, hiciera agitación y contribuyera a cambiar las cosas en favor de una paz. A fines de 1917 estalló la Revolución de Octubre, y una vez que los bolcheviques se hicieron del poder se sentaron en la mesa de negociaciones con los alemanes para buscar términos de paz, que finalmente se firmaron en el Tratado de Brest-Litovsk, en marzo de 1918. Los rusos estaban más emproblemados que los alemanes y actuaron como los perdedores; en consecuencia, una porción de terreno grande, que atravesaba Europa desde el Mar Báltico desde el territorio actual de Estonia hasta el Mar Negro, donde se encuentra Ucrania, fue quitada a Rusia; los alemanes tenían en mente establecer ahí un protectorado, aplicando alguna versión germana del slogan norteamericano “América para los americanos”, en este caso “Europa Oriental para los alemanes”. Históricamente es relevante que esta parte quitada a Rusia era precisamente la que había conquistado en Europa durante el siglo XIX.

Este plan no pudo ser porque a fines de 1918, peleando Alemania contra Francia e Inglaterra ayudadas por los Estados Unidos, se llegó a un armisticio en el mes de noviembre que terminó la 1ª Guerra Mundial, con Alemania como perdedora, quien fue tratada como perdedora en el Tratado de Versalles firmado al año siguiente en París. Los Aliados (EEUU, Inglaterra y Francia) impusieron a Alemania la ley del vencedor: exigieron indemnizaciones de guerra enormes (equivalentes a US$442 miles de millones de 2013), le inventaron en ese tratado el Artículo 213, donde Alemania reconocía toda la responsabilidad de haber causado la guerra y por lo tanto la obligación de reparar los daños, y la obligó a desmilitarizarse.

En 1917, el ingreso de EEUU en esa guerra había sido oportunamente calculado por el Presidente Woodrow Wilson; en una carta a su confidente el Coronel House  le decía “cuando la guerra termine los podremos forzar a aceptar nuestro pensamiento, porque para entonces ellos estarán financieramente en nuestras manos”, aludiendo a los préstamos que había hecho a Inglaterra y Francia para apoyarlas en la guerra que había iniciado desde 1914. De cualquier manera, el presidente llegó a las negociaciones con una retórica liberal de colaboración mundial y fue el principal proponente de la Liga de las Naciones como la panacea para resolver los desacuerdos entre países, aunque a fin de cuentas EEUU nunca formó parte de esa liga. Cuando a los Aliados se les criticaron las condiciones severas para Alemania del Tratado de Versalles, contestaban “vean ustedes lo que los alemanes estaban dispuestos a hacer si hubieran ganado la guerra”, refiriéndose a Brest-Litovsk.

Las cosas estaban entonces maduras para asegurarse problemas a futuro en Alemania. Destruida, obligada a pagar indemnizaciones, con gobiernos débiles que no podían controlas las cosas, el pueblo alemán fue albergando un resentimiento contra los aliados que buscaba a quién echarle la culpa de sus desgracias. Fue una época de hiperinflación, en donde una pieza de pan costaba miles y miles de marcos; a sus problemas nacionales se les juntaron los problemas mundiales que fueron ocasionados por la Gran Depresión, iniciada en EEUU en 1929. En estas condiciones nació el Partido Nazi, encabezado por Adolfo Hitler. Uno de los grandes oradores de la historia, tenía el poder de arengar a las multitudes y magnetizarlas con su discurso y su personalidad; apeló a los sentimientos nacionalistas y revanchistas de los alemanes, les señaló culpables de los problemas de su país y les dijo hacia dónde debían de dirigirse para convertir a Alemania en un gran país, en el mejor de los países. El chivo expiatorio fueron los judíos y los comunistas, los mayores objetivos a conseguir fueron la gloria del Reich Alemán y el Lebensraum (espacio vital), una porción del oriente de Europa que correspondía aproximadamente a la parte que habían quitado a Rusia en el tratado de Brest-Litovsk: Ucrania, partes de Polonia, Rumania, y de los países Bálticos. Hitler se refería a ese territorio en términos de que el pueblo alemán estaba “destinado” a ocupar esos territorios, un discurso muy parecido al del Manifest Destiny del norteamericano John L. O’Sullivan en 1845 para referirse al destino de EEUU a colonizar la parte occidental de su territorio, incluyendo Texas, Arizona, Nuevo México y California que entonces eran parte de México; el caso norteamericano era más benigno porque se trataba de territorios poco ocupados, pero de cualquier manera ambos fueron declaraciones unilaterales de una nación en su propio favor. Personalmente no justifico ni el Lebensraum ni el Manifest Destiny, creo que una nación podría apoderarse únicamente de territorios que estuvieran completamente vacíos de población, e inclusive esto con muchas restricciones.

Conocemos el resto de la historia. Las condiciones del Tratado de Versalles pretendían una Alemania sojuzgada y consiguieron una Alemania fuerte y revanchista, dirigida por los nazis. En la búsqueda de su destino autoproclamado, los alemanes entraron a una carrera armamentista a la que bastó cualquier motivo para iniciar la guerra; el pretexto fue el Corredor del Danzig. En 1900 Polonia no tenía acceso al mar, estaba limitada al norte por territorio alemán; los aliados en 1918 decidieron que Polonia debería tener ese acceso y le quitaron territorio a Alemania para dárselo a Polonia, separando a Alemania en dos partes; esto era una bomba de tiempo, pero los Aliados tenían la consigna de tratar a Alemania como perdedora. La parte oriental de Alemania, donde estaba la antigua ciudad de Königsberg (la actual Kaliningrad) quedó separada del resto por la saliente al mar cedida a Polonia. Cuando Hitler escalaba los problemas en Europa, uno de sus pleitos fue este Corredor del Danzig: quería  recuperar para Alemania la franja de terreno que le habían quitado en el Tratado de Versalles, y al convertir en hechos sus reclamos fue que estalló la guerra en septiembre de 1939.

Sin filosofía de por medio, en la práctica el Destino le había señalado a Alemania una condición de encierro que preocupó mucho a sus estadistas, en particular a Bismarck: estaba en medio de muchas otras naciones. La historia de los pueblos que crearon Europa fue lo que fue, y para 1930 Alemania estaba rodeada por Dinamarca, Holanda, Bélgica, Francia, Suiza, Italia, Austria, Checoslovaquia (un país inventado en 1918), Polonia y Rusia; estas condiciones geográficas crearon una especie de claustrofobia en los alemanes, cuyos dirigentes veían la amenaza potencial de una alianza entre vecinos del Este y del Oeste que cogería a Alemania entre dos fuegos; parte de los malabarismos diplomáticos de Bismarck fueron precisamente para balancear las fuerzas extranjeras: creando, favoreciendo u oponiéndose a las alianzas adecuadas para mantener a los enemigos potenciales separados entre sí y ocupados en otros asuntos; este tema lo he tratado con más extensión en mi artículo Bismarck y la unificación alemana. Pero los grandes diplomáticos se agotaron en Alemania a la muerte de Bismarck y los sucesores no vieron los peligros de una alianza entre enemigos potenciales a ambos lados de su territorio, como sucedió en 1914 y en 1939. Estas fueron las condiciones geopolíticas de Alemania en los tiempos de Hitler, que los diplomáticos no supieron cuidar o no tenían en sus manos el poder para hacerlo, siendo consejeros de un dictador.

No todos los alemanes apoyaban a Hitler ni querían la guerra; las condiciones en que vivió el pueblo alemán desde que los nazis se hicieron del poder en 1933 hasta 1945 fueron convirtiéndose poco a poco en las de un estado-policía en donde el ciudadano estaba a favor del Estado o era un enemigo del Estado, no existían términos medios; era algo muy semejante al terror soviético de los 30′s. Hitler gobernó como dictador, persiguió a sus oponentes, se inventó oponentes en todos los judíos y emprendió una guerra de exterminio contra ellos. Los nazis se apoyaron en las virtudes del pueblo alemán: laboriosos, organizados, disciplinados, perseverantes, talentosos, ingeniosos; pero también sacaron a relucir lo peor que puede encontrarse en el corazón de un hombre, que fructificó en las atrocidades cometidas por sus ejércitos en los territorios ocupados en el Este de Europa, tanto contra los judíos como contra otros pueblos.

Las decisiones que tuvieron que enfrentar los alemanes, a medida que Hitler ascendía en el poder, fueron graduales. A posteriori se puede decir que es completamente inaceptable crear campos de exterminio, pero esos no existían en 1933 cuando los nazis se hicieron del poder y el porvenir no estaba claro ni siquiera para los Ministros reunidos en la Conferencia de Munich en 1938.  En el plano económico se consiguieron grandes avances: aunque hubo inflación, aumentó el empleo, los bienes de consumo, la sensación de bienestar para la población crecía, medida en bienes que llegaban a estar a su alcance. Las universidades fueron vaciadas de una gran cantidad de sus profesores, entre judíos y opositores, y los beneficiarios de este éxodo fueron EEUU e Inglaterra: Einstein, von Neumann, Szilard, Teller, Ulam son algunos de los científicos que huyeron de una Europa amenazada por la guerra. Muchos alemanes intelectuales decidieron quedarse porque pensaban que Alemania era su patria y tenían la esperanza de que Hitler moderaría su discurso sin desembocar en una guerra, mucho menos en una donde tuvieran que pelear contra el resto del mundo; su decisión de permanecer en Alemania fue hecha antes de la guerra, antes de saber lo que sucedería después.

Uno de los intelectuales que colaboraron con el gobierno en actividades diplomáticas fue Albrecht Haushofer, hijo de un general retirado, Karl Haushofer, quien había peleado en la 1ª Guerra Mundial. Albrecht estudió Geografía, enseñó en el Instituto Alemán para Política (Deutsche Hochschule für Politik, DHfP) y fue asesor del Ministro del Exterior von Ribbentrop, el que negoció el pacto von Ribbentrop-Molotov con los soviéticos, donde acordaron repartirse Polonia una vez que Alemania la conquistara. Haushofer conocía suficiente geopolítica como para estar al tanto de los peligros para Alemania si entrara en guerra simultánea contra la URSS y Francia y Alemania, y participó en acercamientos con los ingleses para tratar de lograr un acuerdo que los mantuviera lejos de la guerra. No consiguió este objetivo y poco a poco fue convenciéndose de que Hitler, quien había sacado a Alemania del caos en que se encontraba en 1930, conducía ahora al país a la destrucción, garantizada una vez que EEUU entró en la guerra en diciembre de 1941. Se relacionó con otros opositores al régimen, fue identificado como sospechoso y después del atentado contra Hitler en julio de 1944 anduvo a salto de mata hasta que lo arrestaron y lo metieron en la prisión de Moabit, en Berlín.

En ese lugar compuso una serie de sonetos que no pudo ver publicados, los Sonetos de Moabit. A fines de Abril de 1945, cuando los rusos estaban llegando a Berlín, un escuadrón de la SS sacó a Haushofer y a otros presos de sus celdas y los ejecutó. El cadáver lo encontró su hermano Heinz días después, junto con el manuscrito donde estaban los versos que compuso Albrecht en la cárcel.

Adiós amor, añoranza, alabanza, dulce esperanza, desasosiego y suave dolor: este es un tipo de poesía que era desconocida para mí. Habla del dolor de un pueblo, de malas decisiones, de culpa y de deber, de lo que se pudo hacer y no se hizo, de oportunidades perdidas, de destrucción y muerte colectivas. Es un testimonio madurado ante la muerte, tanto la propia como la de su propio pueblo: conociendo a los nazis, los fusilarían antes que dejarlo libre; conociendo a los comunistas, destruirían lo que pudieran y saquearían lo que encontraran; ambos pensamientos resultaron ciertos. Esta poesía es la de la desesperación colectiva, la del mirar atrás las decisiones de un pueblo y darse cuenta, tras años de irremediable cultivo, que fueron equivocadas y perversas y que trajeron muerte y destrucción, primero para extraños y luego para propios.

Falta totalmente la idea de esperanza y el sentido de redención en estos versos: es mirar, sentado sobre una piedra porque no puede hacerse otra cosa, el fuego y la desolación que rodean todo lo que era suyo, su pueblo y su patria. Es culparse, efectivamente, tanto a sí mismo como a todos los alemanes:

 Wie hört man leicht von fremden Untergängen,
wie trägt man schwer des eignen Volkes Fall!
Von fremden ist’s ein ferner Widerhall,
im eignen ist’s ein lautes Todesdrängen.

¡Cómo se escucha fácilmente del extranjero caído,
Cómo se escucha difícil cuando cae el propio pueblo!
Del extraño es un eco lejano,
en los propios es fuerte impulso de muerte.

A la luz de la propia miseria, es horrible la sensación de comparar la ligereza con que se tomaban las desgracias ajenas, con la desesperanza sentida ante la propia desgracia. En esta cuarteta Haushofer no culpa a nadie en lo particular, ni siquiera Hitler; todo un pueblo es culpable de estas desgracias.

Pero este soneto sí es sobre la culpa individual:

Schuld

Ich trage leicht an dem, was das Gericht
mir Schuld benennen wird: an Plan und Sorgen.
Verbrecher wär’ ich, hätt’ ich für das Morgen
des Volkes nicht geplant aus eigner Pflicht.

Doch schuldig bin ich anders als ihr denkt,
ich mußte früher meine Pflicht erkennen,
ich mußte schärfer Unheil Unheil nennen –
mein Urteil hab ich viel zu lang gelenkt …

Ich klage mich in meinem Herzen an:
Ich habe mein Gewissen lang betrogen,
ich hab mich selbst und andere belogen –

ich kannte früh des Jammers ganze Bahn –
ich hab gewarnt – nicht hart genug und klar!
Und heute weiß ich, was ich schuldig war …

Culpa

Cargo con ligereza aquello, que el tribunal
Me ha llamada culpable: Plan y preocupación.
Si yo fuera delincuente, yo no hubiera para el mañana
Del pueblo planeado como deber propio.

Pero soy culpable de manera diferente a como piensan,
Debí reconocer antes mi deber,
Debí nombrar desgracias a las desgracias –
Mi juicio ha tardado demasiado…

Me acuso en mi corazón:
He traicionado mi conciencia desde hace mucho,
He mentido a mí mismo y a otros –

Conocía desde antes el tren de los lamentos –
He advertido – ¡sin claridad ni fuerza suficientes!
Y ahora sé, que yo era culpable …

Y estas son las desgracias de una nación:

Untergang

Wie hört man leicht von fremden Untergängen,
wie trägt man schwer des eignen Volkes Fall!
Von fremden ist’s ein ferner Widerhall,
im eignen ist’s ein lautes Todesdrängen.

Ein Todesdrängen, aus dem Haß geboren,
in Rachetrotz und Übermut gezeugt –
nun wird vertilgt, gebrochen und gebeugt,
und auch das Beste geht im Sturz verloren.

Daß dieses Volk die Siege nicht ertrug –
die Mühlen Gottes haben schnell gemahlen.
Wie furchtbar muß es nun den Rausch bezahlen.

Es war so hart, als es die andern schlug,
so taub für seiner Opfer Todesklagen –
Wie mag es nun das Opfer-Sein ertragen …

Caída

¡Cómo se escucha fácilmente del extranjero caído,
Cómo se escucha difícil cuando cae el propio pueblo!
Del extraño es un eco lejano,
en los propios es fuerte impulso de muerte.

Un impulso de muerte, nacido del odio,
concebido en desafiante venganza y arrogancia –
Ahora es exterminado, roto y doblado,
y también lo mejor está perdido en la caída.

Tanto así que este pueblo las victorias no soportó –
los molinos de Dios han rápido aplastado.
Con temor hay que contar ahora los murmullos.

Fue muy duro, cuando golpeó al otro,
tan sordos al clamor de muerte de sus víctimas –
Cómo quisiera ahora, soportar ser la propia víctima …

 

El padre de Haushofer había sido un militar en activo, que también trabajó como instructor militar y desarrolló nociones de geopolítica que vistas en perspectiva, eran inevitables en Alemania en esa época. El padre, como símbolo del hombre alemán, es señalado por el poeta también como culpable.

Der Vater

Ein tiefes Märchen aus dem Morgenland
erzählt uns, dass die Geister böser Macht
gefangen sitzen in des Meeres Nacht,
versiegelt von besorgter Gotteshand,

bis einmal im Jahrtausend wohl das Glück
dem einen Fischer die Entscheidung gönne,
der die Gefesselten entsiegeln könne,
wirft er den Fund nicht gleich ins Meer zurück.

Für meinen Vater war das Los gesprochen.
Es lag einmal in seines Willens Kraft,
den Dämon heimzustoßen in die Haft.

Mein Vater hat das Siegel aufgebrochen.
Den Hauch des Bösen hat er nicht gesehen.
Den Dëmon ließ er in die Welt entwehn.

El padre

Un cuento de hadas profunda del país de oriente
nos cuenta, que los espíritus del poder maligno
se hallan atrapados en la noche mar,
sellada por la preocupada mano de ​​Dios,

hasta que una vez en mil años quiere la suerte
conceder la decisión a un pescador,
quien podría liberar los encadenados,
de no lanzar su hallazgo inmediatamente al mar.

A mi padre le tocó tal suerte.
Una vez tuvo en el poder de su voluntad,
Arrojar al demonio en el arresto.

Mi padre rompió el sello.
No vio el aliento del Maligno.
Ha dejado suelto al demonio por el mundo.

El padre y la madre del poeta se suicidaron el 11 de marzo de 1946 ingiriendo arsénico.

Quien fracasa se cuestiona y trata de indagar qué hizo mal, qué o quién es el causante de su desgracia. Probablemente muchos alemanes, al igual que Haushofer, alimentaron pensamientos de odio, vergüenza, culpa, y aniquilación; en última instancia el pueblo alemán fue el caldo de cultivo en donde creció el nazismo. Pero Alemania había quedado en condiciones deplorables después de la 1ª Guerra Mundial, y esas condiciones fueron un caldo de cultivo primigenio, apto para que Alemania se convirtiera en un nido de resentimientos y sentimientos revanchistas; los Aliados impusieron sus condiciones –muy semejantes a las que Alemania había impuesto a Rusia- y la guerra que terminaba dejaba abierta la puerta a la guerra que seguiría; los demonios de la venganza aliada engendraron a los demonios del revanchismo alemán.

Yo creo que detrás de toda guerra existe un interés económico, como los préstamos norteamericanos a Inglaterra y Francia mencionados por Woodrow Wilson, que necesitaban un empujoncito militar para que les pagaran algún día, como la búsqueda del Lebensraum perseguida por el Reich Alemán. Pero la historia la escriben los vencedores, y por eso Alemania es señalada como culpable en ambas guerras; mi opinión no es tan drástica, yo pienso que en cualquier guerra hay muchos culpables y ningún inocente. O bien, ayúdeme usted a entender la necesidad del bombardeo aliado de Dresden en 1945 y las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki; después buscaremos algún inocente.


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